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EXPERIENCIAS CON ESPÍRITUS

Myles W. explicaba su experiencia personal
Myles W. explicaba su experiencia personal, con la que pretendía certificar en la medida de lo posible que existen fenómenos paranormales, misteriosos, que no tienen una explicación lógica o científica.
Myles y sus amigos tenían 19 años. Sus amigos y él creían que hacer ouija podía ser algo interesante, y una manera de pasar un buen rato. Como grandes aficionados al género de terror, tenían muy presentes las fórmulas cinematográficas de invocación de espíritus.
Así que una tarde decidieron convocar a algún espíritu, y si no lo conseguían por lo menos pasarían un buen rato. La tabla que utilizaron estaba hecha por ellos mismos, con una hoja en blanca en la que habían escrito el abecedario y los números del 0 al 9, un círculo en el centro, en el que se situaría el vaso, y las palabras SÍ y No. Eligieron a un medium y convocaron a un espíritu que en ningún momento llegó a identificarse. Entre risas y bromas mantuvieron una conversación con el ente, aunque ninguno de los presentes llegó a creérselo. A modo de prueba le pidieron que les dijera el número del próximo sorteo de la lotería. Y en tablero se fueron sucediendo una serie de cifras. Después de 6 números, cuando se suponía que eran ellos los que tenían que intervenir, apareció un mensaje: la suerte siempre tiene dos caras. En ese momento el portavoz de la sesión volvió a preguntar quién era, con quién se suponía que estaba hablando. Tras unos segundos de silencio el testigo improvisado, el vaso, se precipitó al suelo, rompiéndose en mil pedazos. En ese mismo momento uno de los miembros del grupo empezó a sudar, mientras se balanceaba sobre sí mismo. Aunque el resto le hablaba, durante uno segundos Fredy había perdido el contacto con la realidad. Este hecho tampoco llamó demasiado la atención de los jóvenes, puesto que en Fredy eran frecuentes las lipotimias, puesto que era hipotenso.
Al terminar la sesión los jóvenes, aún entre risas, preguntaban quién había movido el vaso que servía de testigo, pero nadie confesó... Siguiendo con la broma, se dijeron que sería buena idea comprar el número que les había aparecido en el improvisado tablero, ¿por qué no? Al fin y al cabo no tenían nada que perder; podía resultar cierto.
Para Myles el tema quedó cerrado en el momento en que salieron de oficina en la que compraron el número. El día del sorteo había acudido a un salón recreativo junto a su primo, sin ni siquiera recordar que ese día era el sorteo. A las 16:00 le llamó su amigo Paul, la persona encargada de custodiar el boleto. “No te lo vas a creer”, dijo, “¡Nos ha tocado la lotería, tío!”. Media hora después se encontraban con los otros dos amigos.
Durante algunos años la vida de Myles y la de sus compañeros transcurrió con normalidad. La fortuna les había acompañado, pero tampoco se habían convertido en millonarios; el dinero lo utilizaron para poder estudiar sin tener que trabajar ni pedir ningún tipo de préstamos al gobierno y vivir holgadamente. Cada uno de ellos continuó con su vida. Cuatro años después Myles recibía de nuevo una llamada de Paul para comunicarle algo importante: Fredy había sufrido un accidente laboral. Tras haber estudiado química, trabajaba en un laboratorio. Ese día, mientras manipulaba unos frascos de sustancias altamente peligrosas uno de ellos se derramó sobre su cara. El frasco contenía ácido sulfúrico. Este hecho conmocionó a los tres amigos, y estuvieron en todo momento junto a él en el hospital. Desde entonces Fredy ha sufrido ocho intervenciones para intentar reconstruir su rostro, pero nunca volverá a ser él mismo.
Poco tiempo después la desgracia volvía a llamar a la puerta del grupo. Paul se dedicaba a invertir su dinero en bolsa. Tras una fuerte crisis en el mercado lo había perdido todo. Dos días después se encontraba en paradero desconocido. Su familia y sus amigos acudieron a la policía, pero al ser mayor de edad no se podía hacer nada, puesto que tampoco había indicios de secuestro. Actualmente Paul es alcohólico y vive en la calle.
En ese momento empezó la angustia de Myles: ¿Lo que estaba sucediendo podía estar relacionado con aquel episodio misterioso en el que entraron en contacto con el más allá? Recordó un dato de la aquella tarde al que no había vuelto a darle importancia: la suerte siempre tiene dos caras. Esa idea cada vez se hacía más fuerte para él, pero no se atrevió a compartirla con nadie. Hasta cuatro meses después.
Myles y su novia habían ido a una conferencia en New York. A la vuelta un conductor borracho los embistió. Se despertó en un hospital, no sabía que es lo que había sucedido. Ese fue el momento más duro: su novia estaba en coma todavía, y él había estado inconsciente tras la operación que sufrió en una pierna.. En ese momento cobró sentido la teoría que hasta entonces le había parecido descabellada. Tanta desgracia no podía ser casual y posiblemente tenía algo que ver con la sesión de ouija que años antes les había parecido tan divertida.
Tras poco tiempo Myles recibió un telegrama urgente: John, el cuarto amigo que había estado presente el día en que sus vidas empezaron a cambiar, estaba internado en un centro de desintoxicación. Tras una sobredosis su mujer lo trasladó a urgencias, y ya recuperado había decido intentar recuperarse. Myles no podía dar crédito a lo que estaba leyendo. El círculo se había cerrado.
¿Realmente existen los espíritus? ¿Pueden influir en la vida de los vivos? La respuesta dependerá de quien tenga delante, sin duda para Myles existen y por culpa de un juego de adolescentes su vida nunca volverá a ser la misma.

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